Llevo un par de semanas dándole vueltas a esta entrada, sin encontrar un momento en que me apetezca sentarme a escribir... quizá porque yo misma reniego de mi propia definición, porque odio encasillarme, o que me encasillen.
La historia del título de esta entrada viene de un sábado de risas con amigos, sobre quién es el lobo, quién caperucita, quién el leñador y quién cuenta la historia... la historia de esta entrada también va de definiciones, de cajitas, de encasillamientos y de máscaras.
Yo soy, y he sido siempre, muy tierna, cariñosa y dulce. Supongo que cuando sufres de pequeña, una de las formas de reaccionar ante ese sufrimiento es siendo así, por un lado porque buscas ser amada y sólo ofreces lo mejor de tí misma a todo el mundo, por otro, porque cuando sabes lo que es sufrir, ¿cómo puedes ni siquiera pensar en hacer daño a otra persona, animal o ser vivo?...
Así que esa dulzura que me define es una mezcla de estas dos razones. Al principio más de la primera, porque no te ves lo suficientemente bueno como para ser amado. Así que intentas tener contento y hacer feliz a todo el mundo para ser digno de merecer ese amor... hasta que te das cuenta de que el único que no es feliz eres tú. Esta es la historia de Caperucita... la Caperucita a la que canta Ismael Serrano, que es educada para llevar una casa, una famila, hacer feliz a su marido y mientras... "morir" por dentro. Yo estuve al canto de un duro de ser así. Y aunque quizá en muchos sentidos aún sea así, tuve la suerte de encontrar en el momento en que debía el valor para enfrentarme al destino que querían para mí y empezar a buscar mi propio camino.
En la búsqueda de ese camino pasé de ser una caperucita modosita, a ser una Caperucita que empezaba a quererse algo más a sí misma, a apreciarse por lo que era, y por lo que podía llegar a ser y a ofrecer a los demas. Alguien que poco a poco aprendía a cuidar de sí misma y a cuidar de quienes la rodeaban. Así que me fuí transformando. Ya no era una niña indefensa. Y mi gente se daba cuenta. Pero aún así, quizá porque yo siempre les muestro la misma cara, o porque ellos necesitan ver mi cara más dulce o que yo ocupe un determinado papel en sus vidas, pasé a ser "Mamá Osa", alguien a quién acudir en busca de refugio, amor y consuelo cuando hace falta. Alguien que sabes que siempre te va a recibir con los brazos abiertos cuando vuelvas a casa herido y necesites cuidados.
No me importa que me vean así, porque esta es una parte muy importante de mí. Pero también me gustaría poder mostrar también las otras partes de mí, que mantengo más ocultas, por miedo a ser juzgada, rechazada o no entendida...
Y es que son muchas las mujeres que conviven dentro de mí: la madre y la hija, la puta y la sacerdotisa, Caperucita y la Abuela... Mamá Osa y la Loba. Y aunque sea la más difícil de entender, porque por Loba tenemos todos una cajita mental que la define como "devora hombres" para mí la Loba es un ser único, salvaje y con una pasión abrasadora que corre por sus venas. Un ser que corre libre de ataduras y cadenas... y que ha luchado con garras y dientes por conseguir esa libertad. Y por eso quizá sea la más importante, y la que guardo más celosamente. La que menos se muestra y que a la vez está más ansiosa por ser reconocida, respetada y aceptada.
Así que mi yo esencial, el que me mantiene viva, se revuelca en el barro, le aulla a la luna, corre por los bosques y siente la tierra viva, busca en el viento la música de las esferas, sube y baja como las mareas y vive la vida sabiendo que ésta es sólo un río que desemboca en el mar... es una Loba.
Yo no sería yo sin esa Loba, pero tampoco sería yo sin mamá osa, caperucita, la puta y la sacerdotisa. Mi historia es la historia de una transformación. La transformación de todo aquel que se busca a sí mismo. Por eso, y porque mientras escribía esto la escuchaba, la pieza que acompaña a esta entrada también se llama Transformación. Una pieza que me descubrió alguien muy especial hace nada y que me tiene cautivada.
Gracias, por VERME, y por aceptar a la Loba.

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